Vamos a continuar estas entradas veraniegas con curiosidades del mundo antiincendios, y es que hemos encontrado más personas que han intentado apagar el fuego con bombas. ¡Vamos a por ellos!

En 2010 GNPP Basalt, un fabricante ruso de bombas, diseñó una destinada a apagar incendios. Puede detonar ya sea en el suelo o con una espoleta alargada para explotar por encima de él, dispersando un líquido sobre 1.000 metros cuadrados. Basalt afirma que un solo avión podría transportar hasta 100 de estas bombas extintoras.

Según detalla este blog ruso, en principio, fue creada para que los zapadores pudieran apagar incendios provocados por explosiones nucleares: Cuando no se puede entrar en la zona del incendio debido a la contaminación radiactiva, primero se apaga con la bomba el foco principal del incendio, y luego se inundan con agua los restos. A continuación, los equipos químicos descontaminan el polvo radiactivo. Y después entran las tropas principales.
Concluyeron que el Ministerio de Situaciones de Emergencia podría transportar con facilidad este tipo de bombas en un IL-76 y realizar desde su rampa trasera un bombardeo de alfombra para reducir la temperatura de 200 grados. Después del bombardeo se podría arrojar más agua mediante un BE-200 o un IL-76 de modo que pudieran acercarse los medios terrestres.

El fuego quedaría suprimido por la explosión. Aunque, en los fuegos que se producen en sus amplias zonas con turba, la llama bajo la superficie seguiría ardiendo. Pero el fabricante contaba que con la reducción de temperatura en superficie fuera suficiente como para poder entrar con máquina terrestre y arrojar agua para luchar contra el fuego profundo. El bloguero ruso, aclara, que la turba en un incendio subsuperficial no se puede apagar con agua.
Y en 2014, un investigador australiano experimentó con explosivos en Nuevo México, esperando que el resultado fuera una explosión direccional que pudiera apagar un incendio forestal, o al menos una parte de uno.
La idea era aplicar el mismo principio que se usa soplando el fuego de una vela, pero en mucha mayor escala, o colocar explosivos junto a un pozo de petróleo en llamas. Siempre que no haya suficiente calor retenido, la combustión cesará.
El Dr. Graham Doig, de la Escuela de Ingeniería Mecánica y de Fabricación, fue quien dirigió la investigación. Doig viajó al Centro de Investigación y Pruebas de Materiales Energéticos, Nuevo México, para escalar pruebas que originalmente condujo en el laboratorio de transferencia de calor y aerodinámica de la UNSW.
Utilizó un tubo de acero de cuatro metros —que contenía un cilindro de cartón envuelto en cordón detonante— para producir una ráfaga de aire que se moviera a velocidad supersónica, generando una onda. Esta era dirigida hacia una llama de un metro de altura alimentada por un quemador de propano. El repentino cambio de presión a través de la onda de choque, y luego el impulso del flujo de aire detrás de ella empujaron la llama directamente fuera de la fuente de combustible. Tan pronto como la llama ya no tiene acceso al combustible, deja de arder.
Sin embargo, los métodos tradicionales siguen funcionando mejor.
Y, ya sabéis, podéis ampliar vuestros conocimientos sobre aeronaves antiincendios con el libro Donde pongo el ojo, ¡mojo!, que trata desde que se intentó lanzar cemento portland desde una Kaydet al diseño de un 767 antiincendios que más parece un avion «espía» que un apagafuegos.

Fuentes
Descubre más desde Sandglass Patrol
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

