Con el final de la Segunda Guerra Mundial, el orden mundial previo cambió por completo. La mayoría de las viejas potencias coloniales europeas, irónicamente, habían sido invadidas y arruinadas. Y, claro, tras la guerra esos países querían que todo volviera a la normalidad previa al conflicto.
La derrota de Francia había sido de las más sorprendentes. En los años previos a la guerra, su ejército se planteaba como el más poderoso de Europa. Así que, tras el rápido colapso de su ejército ante la blitzkrieg alemana, y tras toda una guerra de partición en dos estados, uno ocupado y otro «independiente» y la pérdida de casi todas sus colonias, Francia tenía mucho «prestigio» que recuperar.
En el periodo inmediato de posguerra, y con el ejército destrozado y armado sólo con armamento de antes de la guerra y restos de armamento de otros ejércitos, como el caso de los Fw-190 renombrados NC.900, este deseo de recuperar el orgullo nacional y necesidad de rearme se vieron reflejados en el deseo de estar a la vanguardia del desarrollo de nuevas armas, en particular aviones.
La industria aeronáutica francesa renació rápido, en parte partiendo de diseños heredados de los alemanes, y ya producidos en Francia, como el caso del famoso Nord Pengouin, en parte con nuevos desarrollos, como el Gerfaut o el Griffon.
Francia se convirtió en el principal proveedor durante la Guerra Fría para aquellas naciones que no querían depender completamente de Estados Unidos o la Unión Soviética.
Sin embargo hoy no vamos a hablar de uno de eso grandes éxitos franceses, sino uno de esos exponentes de que la máxima de «si es bonito vuela bien» es falsa.
Se trata del SNCASO SO.8000 Narval, un avión naval de motor de pistón.
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